viernes, junio 27

Las mujeres y los muebles


También hay hombres que se portan bien con las mujeres. De Dia Siete, tierno, muy tierno:

Por Carlos Martinez Rentería


Para Guille

Cambiar de lugar los muebles de una casa pareciera un experimento ocioso que regularmente proponen las mujeres. Cuando ese caprichoso ir y venir de sillones ocurre, uno protesta inutilmente durante varios días, pero de pronto adviertes que en esa alteración del espacio se revientan sensaciones tan impredecibles en la cotidianidad de lo íntimo, algo se alteró más allá de los movimientos mecánicos que se cumplen día a día sin variación alguna, también ese simple pensamiento se metió en la pauta dle pensamiento inicial de un amanecer o la inevitable reflexión de cada madrugada antes de caer rendido en esa cama tan cómplice de las verdades más autenticas que son los sueños.
La única modificación que no podemos aceptar de nuestro complaciente paraíso personal es que nos cambien la almohada. Recuerdo como peleó mi padre en sus últimos días de sus días para que le permitieran tener su almohada en esa incómoda cama de hospital. Una enfermera respondió sin emoción alguna que el reglamento lo prohibía. Comprendí, ya tarde que para mi padre tener ese viejo bulto de plumas bajo su cabeza era tan importante como su vida misma.
En ese instante estoy escribiendo por primera vez en el lugar más absurdo del departamento. El escritorio se encuentra en medio de un pasillo y frente a la puerta del baño, sólo porque así lo decidió mi mujer.
Cuando le pregunté el motivo no me dio ningún argumento lógico, pero me acarició la cabeza con ternura y me invitó a escribir.
Creo en su intuición, acepto el reto de experimentar la teoría de que cuando las cosas se mueven también se mueve algo en lo más desconocido de los que somos y de pronto desciframos otra perspectiva más luminosa para acercarnos a aquella idea que queriamos contar, o al menos eso intento esta madrugada.
Lo más descabellado de este caprichoso cambiar de lugar los muebles fue cuando, de un día a otro encontré nuestra cama pegada a una de las paredes del cuarto y el buró que siempre esperas tan cercano a tu mano para encontrar a cualquier hora un libro, tu reloj o simplemente una servilleta para limpiarte los mocos, se econtraba en la esquina opuesta del cuarto, pues este singular acomodo llevaba incluida la nada democrática desición de que mi lado de la cama quedaría pegado a la pared. Pero con tal de disfrutar su sonrisa traviesa y su dormir tranquilo, acepté. Eso si, la almohada y el control de la tele no están a negociación, eso espero.

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