viernes, mayo 8

La mujer en la obra de Jean Jacques Rousseau

En la escuela me hablaron de Rousseau como un gran filósofo y blah blah blah, pero nunca me dijeron que era misógino. Como Aristóteles. No eran tan genios después de todo.

Me encontré con un trabajo que resume, como el autor Fernando Calderón Quindos dice, " los diversos pretextos que Rousseau argumenta como razones para defender la subordinación de las mujeres".Aquí les presento algunos puntos que consideré importantes, y http://revistas.ucm.es/fsl/00348244/articulos/RESF0505120165A.PDF podrán encontrar el trabajo completo.

"La mujer en Rousseau es una de las
ideas que acusa de los vicios de su formación y que arrastra los vetustos prejuicios
de la tradición patriarcal. “Se ha argumentado –dice Cobo–, que la razón rousseauniana
contiene una poderosa crítica a la razón ilustrada [...]. Sin embargo, la más
antigua de las sujeciones, la de las mujeres, no es impugnada por Rousseau”12. A
partir de 1755 podrá añadirse que el discurso patriarcal rousseauniano no sólo no
impugna la desigualdad, sino que la defiende y legitima".

"... dado que no basta la utilidad común del varón para reconocer la subordinación
de la mujer –puesto que el estado de pura naturaleza es el paraíso de la igualdad–,
Rousseau describe un momento intermedio, algo así como el limbo entre el
estado civil y el estado de la naturaleza, correctamente definido como estado presocial.
En éste “las mujeres se hicieron más sedentarias y se acostumbraron a guardar la choza y los hijos mientras que el hombre iba en busca de la subsistencia
común”19. Era un tiempo en que cada familia vino a ser una pequeña sociedad antes
de que el nuevo hábito de vivir reunidos formara en cada territorio una nación particular20.
Pero, aunque la solución del ginebrino fue bastante audaz, sabía, no obstante,
que su respuesta faltaba a su conciencia y que no tardarían en llegar los primeros
reproches. Tal vez por eso completó la dedicatoria a su república con un elogio
dirigido a las mujeres ginebrinas. “Amables y virtuosas ciudadanas, la suerte de
vuestro sexo será siempre gobernar el nuestro”21. La mujer tiene así, bajos sus auspicios,
el raro gobierno sobre su gobernante. La incoherencia es manifiesta y, sin
embargo, aquel elogio conserva la fuerza de la persuasión. Mary Wollstonecraft
estaba en lo cierto cuando afirmaba que Rousseau “ha pintado tan ardientemente lo
que sentía con tanta fuerza, que al interesar los corazones e inflamar la imaginación
de sus lectores según la fuerza de la suya, éstos se imaginan que convence a sus
entendimientos, cuando sólo sienten afinidad por un escrito poético”22."

"La apariencia es un deber moral que Rousseau le impone a la mujer.
La mujer virtuosa no sólo debe ser digna de la estimación de su marido, sino
que ha de procurar también obtenerla; si él la censura, será censurable; y aunque
fuese inocente, tiene culpa por haber dado lugar a que sospechasen de ella, pues las
apariencias constituyen también uno de sus deberes”23."

"La Carta a d’Alembert no es sólo un despropósito para el círculo de ilustrados;
lo es también para las mujeres. De ellas asegura que ni son expertas, ni pueden ni
desean serlo en ningún arte, que les falta el ingenio, que los libros salidos de su
pluma son todos fríos y bonitos como ellas, que les falta razón para sentir el amor
e inteligencia para saber describirlo24. Su sitio es el hogar; permitirles lo contrario
–continua– constituye para ellas una invitación a su propia deshonra. Rousseau reitera
aquí una tesis ya expuesta en un Segundo Discurso: que a la mujer le corresponde
el hogar por naturaleza. La mujer es el último asilo de lo natural, pero es también
el primer fundamento de la sociedad civil. Sin el hogar que ella mantiene por
toda ocupación, el hombre, dividiendo sus quehaceres entre la familia y la república,
no sería digno de ninguna de ellas y faltaría a los dos grandes deberes que el pueblo
tiene el derecho de exigirle. La mujer es la condición de posibilidad de la vida
política del varón, y sólo el amor confirmado por el santo sacramento del matrimonio
mantendrá a los pueblos en la esperanza de ser bien gobernados."

"Imagínese qué temple puede tener el alma de un hombre tan sólo ocupado en el
importante quehacer de divertir a las mujeres, y que se pasa la vida entera haciendo
por ellas lo que ellas deberían hacer por nosotros, cuando, agotados por el trabajo
que ellas son incapaces de hacer, nuestro espíritu necesita reposo25."

"Para
d’Alembert era en cambio el ginebrino (Rosseau) quien predicaba esa filosofía de un día,
sabiamente aderezada con una mezcla de miedos y de prejuicios. Si la mujer está
sujeta al marido, la causa no debe reconocerse en la debilidad de ésta, sino en los
temores de aquél, pues “parecería que intuimos sus ventajas y queremos impedirles
que las aprovechen”27. Rousseau no respondió a esta carta con otra. Prefirió hacerlo
por extenso cuatro años más tarde en el Emilio28."


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