domingo, agosto 2

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"Esteban Arcadievitch había hecho bien en contar con Pestzoff para mantener la plática, porque apenas Konischef hubo concluido de hablar, bromeando repuso:
-No se podría culpar siquiera la gobierno de la intención de curar, porque visiblemente permanece del todo indiferente a las consecuencias de las medidas que adopta: la opinión pública lo dirige. Como ejemplo, puede citarse la cuestión de la educación superior de las mujeres. Debería ser contemplada como funesta: lo que no impide que el gobierno abra los cursos públicos y las Universidades a las mujeres.
Y rápidamente la conversación trató sobre la educación de las mujeres.
Alejo Alejandrovitch hizo observar que la ilustración de las mujeres se confundía con excesiva repetición con su autonomía, y que sólo se podía considerar funesta desde ese punto de vista.Pestzoff dijo:
-Creo, por el contrario, que esas dos cuestiones están hondamente ligadas entre sí. La mujer se halla privada de derechos porque se le priva de instrucción, y la falta de instrucción obedece a la ausencia de derechos. No olvidemos que la esclavitud de la mujer es tan antigüa, está tan arraigada en nuestras costumbres, que con frecuencia somos incapaces de acertar el abismo legal que la separa de nosotros.
-Habla usted de derechos -dijo Sergio Ivanitch cuando logró tomar la palabra; ¿se refiere usted al derecho de practicar las funciones de jurado, de consejero municipal, de funcionario público, de miembro del Parlamento?
-Sin duda.
-Pero si las mujeres pueden extrañamente ejercer esas funciones, ¿no sería mas justo dar a esos derechos el nombre de deberes? Un abogado, un empleado del telégrafo, cumplen un deber. Digamos, pues, para hablar lógicamente, que las mujeres buscan obligaciones, y en tal caso debemos coincidir con su aspiración de participar de los trabajos de los hombres.
-Es justo -apoyó Alejo Alejandrovitch-;lo importante es saber si son capaces de cumplir esos deberes.
-Ciertamente lo serán tan pronto como sean más generalmente instruidas -dijo Esteban Arcadievitch-;lo veremos...
-¿Y el proverbio? -preguntó el príncipe, cuyos ojillos irónicos chispeaban al escuchar esta discusión-, puedo permitírmelo delante de mis hijas; la mujer tiene los cabellos largos...
-Así se juzgaba a los negros antes de su libertad -profirió Pestzoff enfadado.
-Declaro que lo que me admira -dijo Sergio Ivanitch- es ver a las mujeres buscando nuevos deberes, cuando los hombres tratan de evitar en lo posible los suyos.
-Los deberes van acompañados de derechos; los honores, la influencia, el dinero es lo que buscan las mujeres -replicó Pestzoff.
-Definitivamente como si yo solicitara con intrigas el derecho de ser nodriza y me irritase porque se me negara, mientras que a las mujeres se les paga para eso -dijo el anciano príncipe.
Turovtzine lanzó la carcajada, y Sergio Ivanitch sintió no ser el autor de este chiste. Hasta Alejo Alejandrovitch perdió su aire de rigor.
-Si, pero un hombre no puede amamantar, mientras que una mujer... -repuso Pestzoff.
-¡Perdone usted! Un inglés, a bordo de un buque, logró dar el pecho a si hijo -dijo el anciano príncipe, que se permitía algunas libertades de lenguaje delante de sus hijas.
-Tantos ingleses nodrizas como mujeres funcionarias -dijo Sergio.
-Pero ¿las muchachas sin familia? -preguntó Esteban Arcadievitch, el cual, al apoyar a Pestzoff, pensaba en la bonita bailarina Tchibisof.
-Si se ahonda en la vida de esas jóvenes -intervino Daria Alejandrovna con cierta acritud, se encontrará que han desamparado a una familia en la cual podían fácilmente cumplir con sus deberes de mujer.
Dolly entendía por instinto a qué clase de mujeres se refería Esteban Arcadievitch.
-Pero estamos protegiendo un principio, un ideal -replicó Pestzoff, con su voz de trueno-. La mujer reclama el derecho a ser independiente y cultivada; sufre por su impotencia para obtener independencia e instrucción.
-Y yo sufro por no ser aceptado como nodriza en la casa de caridad -repitió el viejo príncipe, con gran júbilo de Turovtzine, que dejó caer un espárrago en su salsa."

Ana Karenina
León Tolstoi

1 comentario:

Jaime dijo...

Chale, ¿me creerás que no recuerdo esa conversación? Debo volver a leerlo.

Por cierto, a mí me corrieron de mi antigua religión por hacer comentarios antimachistas y por criticar su sistema coercitivo. Lo último que recibí de ellos fue una lacerante burla de 50 personas en público sobre mi situación. Ser militante de algún pensamiento siempre es visto como ridículo, y nunca faltan los que para ganar una partida ridiculizan en vez de pensar y esgrimir un buen argumento, como bien lo pone de manifisto este fragmento.

Salud.