miércoles, noviembre 2

La prostituta Calavera

Bueno, hace mucho que no escribía aquí. Y la neta no voy a aventarme el choro explicativo de mi ausencia. Sólo me dieron ganas de volver, para narrar lo que va de este muy peculiar Día de muertos.
Todo comenzó a las malditas 7:30 a.m. Como ya cambió el horario, mi cínico reloj biológico que debería de estar acostumbrado a despertarse tarde (con eso de que desde hace 4 años y 5 meses estoy en turno vespertino en la escuela), volvió a la andadas y me hace pelar el ojo a esa hora. La misma hora de siempre. Fuí al baño, abdomen plano. Me salí a correr y dos hombres de negro (true story) se me acercaron mientras escuchaba Those Dancing Days y me dijeron que eran de Herbalife y que estaban con la señora Fulanita en el número 69 (true story too) y que cuando terminara de sudar fuera por un tecito. No fuí.
Después de las 6 vueltas habituales, regresé a mi casa, a terminar una exposición de Ambiental, luego le dí un rato a la tesis y se hizo hora de comer, en lo que rezaba porque Don Javier llegara a arreglar el calentador de paso. Comimos hamburguesas super saludables de mi mamá, de pollo, con rabitos picados de cebolla, nopales, aguacate, mucho jitomate y cebolla y agua de papaya. Y mientras todo eso sucedía, me empecé a sentir como en diciembre pasado, como muy Frida, como muy Agua para Chocolate, mientras veía el altar que mi mamá le hizo a mi abuelito, con dos ramos de esa flor que parece como terciopelo, color tinto, que en lo particular (y por lo general también) me gusta mucho: "cordón de obispo", que ayer fuí a comprar después de que recibí un masaje relajante donde me dijeron que tengo débil la línea del hígado y una crucecita en la planta del pie. Salí oliendo a un aceitito que parecía como de Just.
Debo admitir que generalmente ignoro a mi hermano menor (tiene 9 años) pero no podría quererlo y admirarlo más. Es un poco como yo. Como él, yo también pasé mi infancia en consultorios de pediatras y con todo tipo de vehículos de fármacos en la boca: perlas, pastillas masticables, jarabes, ampolletas, chochos, suspensiones. Ahora lo que rifa en su vida son las sublingüales. Una vez más en mi vida tengo que citar a Juanga y su sabiduría popular: "la costumbre es más fuerte que el amor". Creí que nunca terminaría de aprender a administrárselas pero ahora como si nada saca una de cada frasquito blanco de tapadera verde, y luego ya tiene 4 pastillas homotoxicológicas disolviéndose bajo su lengua. Según la leyenda, a mi me curó la homeopatía, parece que a él lo está curando eso. Luego , muy calmado, prende la tele y se pone a ver "En el vientre materno" envuelto en una cobija con un bordado de un beisbolista de Precious Moments que tiene su edad.
Estoy a nada de terminar "Las muertas" de Ibargüengoitia, que se supone tenía que entregar el día de hoy a la biblioteca de la escuela, y "La Calavera" me cae re bien.
Son casi las 4 de la tarde, no tengo nada que hacer y no iremos al panteón. Espero que el alma de mi Frida y de mi abuelito Juan bajen un ratito a verme, aunque sea a darme un zape.

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